Relatos
   Noche de liberación
Quiero dar fe de lo que me ocurrió hace algún tiempo, hacia fines del año 1998, en la provincia de San Luis. Yo entonces tenía 26 años, hoy en el 2005 tengo 33. Yo soy del conurbano bonaerense, pero por cuestiones de trabajo la empresa de telecomunicaciones en donde trabajaba me asignó ir a hacer una inspección en aquella bella provincia. Apenas llegué, me sentí más liberado, con espíritu de aventura, así que ni bien bajé del avión que me llevó a San Luis, hice mi trabajo para liberarme lo antes posible y dedicarme al ocio.

Por fin, a las 17 horas yo volví para el hotel donde me hospedé e inmediatamente me fui a duchar. En el baño, no pude contenerme y pasé por el bidet, para masturbarme pensando en lo lindo que sería ser penetrado y tener el orto bien roto de felicidad. Aprovecho para decir que mi cuerpo no es nada del otro mundo: 1,70m, 73kg, ojos café, morocho, pelo corto negro, excelentes piernas de futbolista y una cola paradita y redonda que ha hecho desear a más de uno tenerme entre sus piernas. Luego del bidet, me metí en la ducha, me seguí masturbando y al salir de la misma me sequé solo un poco para ir caminando desnudo hasta el espejo de tamaño natural o cuerpo entero y entonces me arrodillé sobre la alfombra y apuntando mi ojete contra el espejo para contemplar el orto que tenía, me metí un dedo y comencé a jugar mientras fantaseaba que podía ser penetrado esa misma noche por algún buen samaritano desconocido. Ya había pasado algún tiempo de la gran experiencia que viví en Buenos Aires teniendo sexo con una travestí muy dotado, y a menudo me masturbaba pensando en aquella gran tarde-noche que pasé. O sea, que yo estaba muy cebado, quería más experiencias, quería más pija, y es esa ciudad yo podía emputecerse sin inhibiciones.

Finalmente, me vestí y salí a comer y beber en un bar frente a la plaza principal de la ciudad de San Luis. Los puntanos que me leen y son de esa ciudad saben bien que solo hay dos bares en cada esquina de la manzana que está frente a la plaza. Al salir del bar, me puse a caminar pensando en lo caliente que estaba, en las enormes ganas que tenía de satisfacer mis deseos homosexuales, pues como allí nadie me conocía, podía arriesgarme más. Y fue en ese momento, que tuve mi mayor fortuna en esa provincia, pues caminé unos cien metros sobre la vereda de la calle principal, frente a la plaza y surgió delante mío un muchacho que aparentaba tener unos 32 años más o menos y me dice “hola” sonriéndome de manera muy elocuente, vestido de jeans celeste y camisa color rosa parte con cuadritos, rubio, delgado, prolijo. Y casi como un acto reflejo, pero a la vez cargado de vergüenza, pero de mucho más valor, le dije: ”hola, como estás”, sonriéndole amistosamente como para que cualquier testigo que nos viera pensara que en verdad éramos dos personas que ya se conocían. Yo temblaba de nervios, apenas pude caminar unos cien metros al lado de él, casi no decíamos palabra. Afortunadamente él dijo”¿tomamos un taxi?” y “bueno” dije yo, sin saber para dónde iríamos. El muchacho le dio la dirección a la que íbamos y fuimos a parar a una casita nueva de esas que se hacen en los planes de vivienda de la Provincia, todas casitas humildes, pero iguales, dignas. Entramos y él me dijo que se llamaba “Sergio” y que me pusiera cómodo. Yo tiritaba, no podía creer a lo que yo me animaba con tal de vivir una experiencia homosexual, estaba cagado de miedo y apenas hablaba. Enseguida él me ofreció una gaseosa y me dijo que me pusiera cómodo, que me descalzara así estaba más fresco, y yo le hice caso.

Luego dijo que como estaba algo sucio se iría pronto a bañar, pero antes iría a cenar algo ya que solo había bebido antes. Y sin más, se quitó la camisa, el pantalón y el slip, dejando a la vista un hermoso ejemplar de pene en estado dormido que medía no menos de 12cm estando “muerta”, pero que no era muy gruesa, más bien finita. Aún recuerdo con nitidez cómo Sergio cocinaba su bife de carne vacuna y en cada movimiento su verga larga se campaneaba de un lado a otro, haciéndome desear enormemente degustar ese miembro. Cenó Sergio mientras charlábamos y nos íbamos presentando y sintiéndonos más cómodos. Yo le conté que trabajaba de técnico para una empresa de telecomunicaciones de Buenos Aires y él me dijo que era médico y que estaba allí, en esa provincia, porque había venido a una “fiesta de casamiento” de un amigo suyo, pero que su amigo era gay. Y también me contó que el “novio” de la boda le había prestado esa casa en donde estábamos para que él tuviera dónde dormir, pues él vivía en Capital Federal. Para mí todo eso que me contaba me parecía algo de película. Contó además que se sintió solo en esa ciudad aburrida y que salió a ver si conocía a alguien y “aquí estamos, yo haciéndome la cena estando “en bolas”, mientras conversamos y vos que no parás de mirarme la poronga”. Eso me hizo reír, pero me inundé de vergüenza, me sentí ofendido en realidad. Además, no sabía yo qué clase de gay era él. En un momento determinado le dije que iría al baño. Estaba yo en el bidet limpiándome bien el ojete cuando Sergio golpea la puerta y yo le sugiero que pase nomás. Sergio entra y yo lleno de vergüenza temblaba, pero él me ve desnudo sobre el bidet y se sonríe. Luego él se dirige a la ducha, abre el grifo de agua caliente y comienza a ducharse. Entonces yo me animé a soltarme, me le acerqué, nos abrazamos, le acaricié la cola y él me hizo lo mismo, nos besamos. Al fin me solté un poco más. Sergio tenía un culito rechiquito, pero bien paradito, muy blanco y suave. Al fin le toqué la verga, esa cosa tan larga que tanto me impresionaba entonces. Se le paró enseguida, lo empecé entonces a masturbar muy lentamente, a sobarlo.

¿Te gusta lo que tengo?- dijo Sergio. Sí, tenés una pija relarga, es interminable. Nunca vi algo igual.- lo elogié sincero.
Sí. Vi cómo me la mirabas, no quitabas la vista de mi verga cuando yo cocinaba...tenés hambre de pija, vos...jaja. Seguíme pajeando, pero hacelo despacio, que tenés toda la noche.- me dijo Sergio. Ja...Qué lindo es estar con un hombre en la ducha y así, ¿no?- comenté. La verdad era que yo lo disfrutaba mucho pues Sergio era rubio, de ojos celestes, nariz punteaguda, alto como de 1,85 mts, flaquito de pecho comprimido, muy parecido al actor de apellido Fiennes que vi en una de las películas en la que Anthony Hopkins hace de Hannibal,.... ¿alguien recuerda al rubio ese? Bien, así es Sergio, el doctor, pero tiene una verga que más que chorizo parece superpancho. Yo lo acariciaba con mucha delicadeza, como si fuera algo frágil. Mmmm, parece que sos nuevito en esto.-comentó él. Sí, no tengo experiencia, pero hace mucho que esperaba este momento. Entonces Sergio me hizo dar vueltas y me apoyó su pecho en mi espalda con su pene enorme rondando mis cachetes. Reitero que lo impresionante en Sergio es lo larga que la tiene, pero no su espesor pues parece una salchicha blanca. Yo pensé que me había llegado la hora y que me la iba a meter en el culo, pero mi macho se limitó a acariciarme el pecho y la verga mientras me abrazaba desde atrás. Fue una sensación hermosa, lo disfruté mucho. Nos besamos con pasión un buen rato y nos fuimos a la camita.

Al parecer Sergio era muy meticuloso pues se quedó limpiando y secando el baño unos minutos mientras yo estaba desnudito debajo de las sábanas de una cama de dos plazas. Mientras lo aguardaba yo me tocaba el ojete para ir ablandando mi culo, y en ese momento ingresó Sergio al cuarto y me entregó una revista porno, para que “no me enfriara” según él. Se lo agradecí y comencé a masturbarme mientras mi anfitrión limpiaba el baño. Al rato ingresa Sergio bien peinado y con su verga caída, pero no dormida, digamos que casi erguida, torcida, con el glande aún cubierto. Yo estaba recostado en el lado derecho de la cama, así que él se me acercó al costado de la cama, de pie, y puso sus manos sobre la pared que daba al respaldo de mi cabeza, es decir, que su verga estaba a pocos centímetros de mi cara. Solté la revista y me puse a mirar su cara, su pecho semi velludo, y su verga, la que tomé con mis dos manos mientras le miré la cara a Sergio, que me dijo: Chupála toda, que está limpita-. Te miro bien porque nunca vi semejante verga tan larga- concluí yo. ¿Viste? Es finita, pero gracias a eso no hay cola que se me niegue.- Nos reímos mucho por ese comentario. Nos sentimos cómodos en pocos minutos que llevábamos de conocidos. A ver... Me fui acomodando estando yo semi acostado o semi sentado y abrí mi boca para comenzar a chupar esa delicia de carne con mi cabeza apoyada sobre mi lado derecho en la almohada. La poronga de Sergio, que aún tenía gusto a jabón, era demasiado larga, supersuave, blanca y no me entraba más que la mitad. El olor de su pija me enloqueció. Sergio mientras gozaba me insultaba diciendo todo tipo de cosas: “comilón”, “otro porteño puto”, “seguro que sos de River”, “que cara de chupa pijas tenés”, “cómo se ve que te gusta la verga”, “mámala así, cómesela al doctor” “mostrame cómo te gusta la pija” “tenés pinta de enfermero por la forma en que la chupas”.

Yo no decía palabra alguna, aunque a veces me reía por sus comentarios, más bien me dedicaba a mamarlo bien a mi súper doctor y a su súper pancho. Luego de unos minutos, el Dr. Sergio me dijo “ponete en el medio de la cama”, a lo que obedecí enseguida, porque a los doctores hay que hacerles caso. Entonces Sergio se puso arriba de mi pecho, apuntando mi mentón con su verga erecta, mientras él me acomodaba también la almohada debajo de mi cabeza para que yo lo mamara más cómodamente. Ahora sí, podes chuparla hasta que te canses – ordenó mi amo. Y tenía razón, pues yo estaba muy cómodo, mamando la rica y limpita verga de mi macho de la medicina.
¿Lo hago bien? – pregunté.
Sí, muy bien, esto si tenés ganas lo aprendés en una noche- opinó el sucesor de Sócrates (que también amaba a los hombres). Sergio era muy divertido. Ahora, chupáme las pelotas, morocho- Y yo le hice caso, corrí los pelos de sus huevos y le hice ventosas a sus testículos, se los lamía de diferentes maneras, y la sensación de lamer su rugoroso escroto rosado me encantó. No recuerdo bien cuándo tiempo chupé la pija de Sergio, pero no fueron menos de veinte minutos.
¿Sabes algo? Nunca me chuparon la pija tanto tiempo y tan bien- me elogió.
¿En serio lo decís?- yo me sentía feliz con ese comentario.
Sí, no te exagero, lo hiciste como si tuvieras más carreras que Fangio encima. Y me hizo reír de nuevo.
¿Cambiamos de posición? – sugirió el doctor.
Bueno, lo que vos digas.-Ponete boca abajo y ponete dos almohadones en el vientre, así levantas la colita-

Recuerdo que él me acomodó todo, como si fuera mi papito de toda la vida, con suma delicadeza. Sus manos eran enormes, dedos largos, para no ser menos que su poronga XL.
Eso, muy bien, ahora concéntrate en lo que te voy a hacer-Sí...estoy con los ojos cerrados- dije yo.
Y Sergio procedió a lamerme la espalda desde la nuca al final de la espalda, iba y venía con su lengua, me daba escalofríos y placer ese divino médico. Yo mordía las sábanas del placer que tenía.
Ahh...ay...¡¡qué placer!!-¿Viste?, ¿viste que lindo?-Me volvés loco-Disfrutá, negrito-Luego de tanta lamida en la espalda me tomó los glúteos con sus enormes manos, me palmaba la colita, me la lamía con fuerza esta vez, ya no era delicado el doctor.
Uhhhhhh, que rico ojete tenes negrito, no tenes pelitos, y ¡¡¡lo tenés cerradito!!!Uhhhhh, ¡¡cómo me gusta ese culo!! Sergio se desesperó, me chupaba el culo tan bruscamente que su respiración se escuchaba fuerte, pero entrecortada, y parecía que rugía. Me pasó una mano por mi cara y me dijo “escupíme la mano, dale”. Yo no le entendí. “Dale, escupíme la mano”. Le hice caso. Y pasó su mano escupida por mi ojete, creo que me metió su dedo índice. Me hizo ver las estrellas, pues sus dedos eran demasiado largos. Su dedo me produjo tanto dolor que le pedí que me lo sacara. Pero él dijo “No, nunca, te lo tengo que ablandar a ese agujerito negro que tenés”.

Y cometió Sergio la imprudencia de metérmelo más, pero con violencia, y mi culo se contraía. Casi lloraba de dolor, yo no lo disfrutaba, pero él me cogía con su dedo y con la otra mano me tocaba la pija y los huevos. Pero no había caso, el dolor era tan grande que no podía yo disfrutar tener la cola atendida por tan hermoso hombre. Sergio sí lo disfrutaba, se notaba mucho. “qué colita de puto, tan paradita y redondita” “colita durita quiere pija” “colita sin pelos pija quiere”. Tanto le imploré que me lo quitara el dedo que me hizo caso. Me toqué y tenía sangre. Sergio me pidió disculpas, le dije que estaba bien, que no importaba, pero que el culo me dolía demasiado, que sin querer me contraje el orificio y que por eso me dolió tanto. Sergio quiso disculparse, así que me tomó la cara y me besó como si fuera yo su novio, me besó el pecho, las tetillas y la pija ya se me empezó a parar, luego el Doctor me la agarró con su enorme mano y sin más se llevó mi pene a su boca y se lo comió todo, facilitada su tarea pues mi miembro es más bien pequeño.
¡Que rica pijita tenés! ¡Me encanta!-¡Qué bueno! Pensé que las pijas chiquitas no te gustaban-Pero tu pija es linda, tostada, resuave.
¡Mmm...Si!El doctor Sergio me masturbaba con dos de sus dedos sosteniendo mi pija y con su boca y su lengua me daba placer en mi glande. Yo estaba en la gloria en ese momento. A los cinco minutos yo ya quería acabar. Se lo dije, pero Sergio sugirió que lo penetrara. Entonces el médico se puso en cuchillas con sus piernas a mis costados como si estuviera por subirse a caballito y mirándome a los ojos muy despaciosamente se escupió la mano y se pasó su saliva por su orificio anal y luego acomodó mi pene duro en su ano. Lo más extraño de todo, la gran rareza, era que su agujero estaba peludo a su alrededor abundantemente y su ano no opuso la menor resistencia, evidentemente al querido médico se lo habían culeado mucho y desde hace tiempo. Mi pene atravesó su ano inmediatamente, en su totalidad, yo bombeaba despacio (o mejor dicho él) y su verga larga semi tiesa tocaba mi estómago cuando su culo se acercaba a mis huevos. Aún recuerdo esa imagen con total claridad. A Sergio le gustaba ser culeado con los ojos cerrados, pues casi no los abrió todo el tiempo que me lo cogí esa noche. El dirigía el acto, su culo era una especie de timón de nave marítima. Acabé adentro de él, no me pude contener, finalmente.

Nos recostamos luego bien pegados uno al lado del otro, traspirados de tanto placer. Mientras charlábamos yo acariciaba su sexo y él el mío. Me dijo cosas lindas, como “sos un tierno”. Pero luego me dijo que quería culearme, que no podría dormirse sin “comerme la cola”. Y yo accedí después de dudarlo mucho. Además, él me había tratado tan bien que no podía negarme, por más que me doliera. Me puse en cuatro patas en medio de la cama, apoyé mi cabeza en mis brazos que estaban apoyados en una almohada pequeña y aguardé lo que se venía. Juan me lamió el ojete de nuevo, me lubricó bien la zona con su lengua, me hizo círculos con uno de sus dedos y me dijo “tenes el ojete mejor que muchas minas”. No sé de dónde salió, pero tenía él una cajita de forros, tomó uno y se lo puso. Era de color rojo y recuerdo que le quedaba recorto, prácticamente a la mitad del falo. Luego me empezó a dar nalgadas, algunas muy fuertes y posteriormente sentí su enorme verga que me rozaba por arriba de la raya de la cola, súper dura la tenía él. Entonces Sergio empezó a darme un envión y luego otro, como si me la estuviera metiendo, pero en realidad me apoyaba su verga larga al final de mi espalda, así estuvimos unos instantes, hasta que de golpe, sin yo imaginar lo que pasaría, sufrí el enorme dolor de ser estaqueado muy profundamente por mi médico ocasional.
Aaayyyyy, por favor sacámela!!! Sacámela!!-imploré.
No, ya te vas a acostumbrar, calmáte- Dijo Sergio. La verdad es que él no fue muy considerado con mi ano, pues me metió toda la extensión de su miembro de una sola vez en mi cavidad anal. Mi esfínter se contrajo y el dolor era literalmente insoportable. Así que yo seguí gritando sin atenuar mi molestia en lo más mínimo, hasta que se dio cuenta el doctor que la rotura de ano que me estaba dando no iba a llegar a buen puerto. Entonces sacó su verga y yo me acosté dejándome caer, así todo dolorido como estaba. Apenas pude ver de costado cómo Sergio se quitaba el forro y se limpiaba la verga que al parecer quedó embarrada debido a que la estacada que recibí fue muy grande y me llegó bien adentro. Sergio no acabó.

Esperé unos minutos y me animé a tocarme la cola: tenía sangre y mierda, la cola bien rota, digamos. Al rato nos dormimos, ya eran como las cuatro de la mañana. Tan solo tres horas más tarde Sergio me despertó urgentemente pues él se tenía que ir ya para Buenos Aires y debíamos dejar la casa como correspondía. Era tanta la prisa que casi no hablamos. En el taxi hacia el centro, Sergio y yo comenzábamos a despedirnos, y lo más curioso es que no nos dimos los números de teléfono. Siempre pensé que a lo mejor el hecho de no haberme él podido culear como quería lo predispuso mal a que no nos siguiéramos viendo en Buenos Aires. O tal vez él tuviera en la Capital un novio o pareja estable, no sé. Y yo no me animaba a pedirle el número, pues por entonces quería que mi inclinación por los hombres no se manifestara ni pusiera en riesgo mi honor “de macho”. Este escrito es un testimonio que me hubiera gustado estuviese más cargado de pasión y de acción, pero no pudo ser.


 

 

 

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